Por: Jesus Navarro
En un país como Colombia, donde la desigualdad no es un dato de Excel sino algo que se ve en cada semáforo, en cada aula con techo roto o en cada barrio olvidado, la retribución social no puede ser vista como una carga u obligación. Es, más bien, un acto de conciencia ciudadana. En ciudades como Barranquilla, llena de contrastes pero también de una juventud líder, berraca, creativa y con ganas de cambiar las cosas, este concepto toma fuerza real.
Retribuir no es “pagar una deuda”, como si alguien nos estuviera cobrando. Es entender que nadie sube solo. Que, si pudimos estudiar, becarnos o formarnos, fue porque hubo políticas públicas, luchas sociales, impuestos de millones de colombianos, profes comprometidos y una red invisible (pero real) que nos ayudó a llegar. Eso no se borra, y tampoco se olvida.
Barranquilla nos lo grita todos los días: mientras unos tienen acceso a buena educación y a internet de calidad, otros siguen soñando con un colegio decente o con llegar a fin de mes. Por eso, retribuir no es un gesto noble, es un acto de justicia e igualdad. No podemos hablar de cambio si nos olvidamos de los que vienen atrás.
Y es que hay que decirlo: Barranquilla ha avanzado. Es una ciudad que ha transformado su rostro urbano, que ha apostado por obras de alto impacto, por el desarrollo cultural, por el espacio público y por una narrativa de modernización que inspira. El orgullo de ver una ciudad más conectada, más limpia, con una apuesta por el turismo, el arte y el emprendimiento no debe quedarse solo en el discurso. Ese progreso debe impulsarnos a actuar, a cerrar las brechas que aún persisten, especialmente en los sectores populares que no siempre se benefician del mismo modo.
Cuando un joven barranquillero que estudió en una pública vuelve a su barrio a dar talleres, a armar un grupo de lectura o a liderar un proyecto comunitario, está haciendo más que ayudar: está cerrando una brecha. Y lo hace sin que nadie se lo exija. Lo hace porque entiende que el desarrollo no es solo para uno mismo, sino para todos.
Colombia necesita más de esos gestos. No como requisito ni como deber frío, sino como cultura, como forma de vida. Porque este país no va a cambiar mientras quienes logran “subir” se desconecten de la realidad de donde salieron. Retribuir es romper con el privilegio silencioso y con la comodidad de mirar hacia otro lado.
Barranquilla tiene el talento, la energía y la creatividad para liderar ese cambio desde abajo. Desde los barrios, desde los combos de amigos que se organizan, desde la calle. Retribuir es sembrar dignidad donde antes solo había carencia. Es abrirle camino a los que vienen.
Así que no, retribuir no es una obligación. Es algo más poderoso: es una forma de amar el lugar del que uno viene y de construir el país que queremos habitar. Y eso, definitivamente, sí es con nosotros.
ACLARACIÓN EDITORIAL
Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la línea editorial de Red Macondo. Red Macondo no se hace responsable por posibles imprecisiones, omisiones o interpretaciones derivadas del contenido.














































