Por: Lorena Méndez Herrera
En política, como en la vida, la confianza es un capital invaluable… y también frágil. Durante las campañas, los candidatos se esfuerzan por parecer cercanos, sensibles, empáticos. Caminan barrios, escuchan historias, prometen cambios. Se construye así una ilusión de reciprocidad: yo te escucho, tú me eliges; yo prometo, tú confías.
Pero una vez alcanzado el poder, muchos se alejan. La conexión se disuelve. Las visitas se suspenden, las llamadas no se responden, las redes sociales se silencian. Y ese político que alguna vez despertó esperanza, ahora encarna la distancia y la decepción.
Como consultora política lo he visto de cerca: el liderazgo no se erosiona solo por errores administrativos, sino por algo más profundo y menos visible: la pérdida de empatía. Gobernar sin empatía es hacerlo sin pueblo. Y ningún poder sobrevive sin respaldo emocional.
El poder, en su sentido más noble, no es una medalla, es una herramienta. Una oportunidad para transformar realidades, mejorar vidas y sanar desigualdades. Pero cuando se convierte en pedestal y no en plataforma, cuando se mira desde arriba y no desde adentro, se pierde legitimidad.
Muchos líderes olvidan que la confianza ciudadana no es un cheque en blanco. Creen que pueden regresar cada cuatro años, lanzar un eslogan, posar para una foto y recuperar votos. Como si fueran amantes que vuelven tras desaparecer, convencidos de que una flor y un discurso bastan para sanar una herida.
Pero hoy el electorado ha cambiado. Según el informe 2023 de la Corporación Latinobarómetro, el 80 % de los colombianos se declara insatisfecho con el funcionamiento de la democracia. Son cifras que evidencian un desgaste profundo en la relación entre representantes y representados. La ciudadanía ya no se impresiona con promesas: exige coherencia, cercanía y presencia constante.
Recuperar la confianza no es imposible, pero sí complejo. La herida que deja la indiferencia es más difícil de sanar que un escándalo mediático. Porque cuando se pierde la empatía, se pierde también el derecho moral a pedir apoyo.
Colombia necesita líderes de carne y hueso. No perfiles de cartón. Que entiendan que liderar es acompañar. Que la empatía no es un recurso electoral, sino una actitud de vida. Porque el poder sin propósito no transforma, solo maquilla.
Y es que, al final, el poder sin empatía se convierte en un privilegio efímero. Pero cuando se gobierna con corazón, la política deja de ser promesa y se convierte en legado.
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