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Pasaportes en pausa: cuando el Estado llega tarde

Una columna sobre pasaportes, pero también sobre el país que los expide.
Por Andrés León Cabarcas

En Colombia, expedir o renovar un pasaporte puede tomarte cinco minutos… o cinco semanas. A veces es cuestión de suerte, a veces es cuestión de Estado. Literalmente.

Las imágenes se repiten en distintas ciudades: personas madrugando, haciendo fila, esperando una cita que tal vez no llegue, o que llegue tarde. Algunos necesitan viajar por salud, otros por estudios, otros simplemente para ver a alguien del otro lado del mundo. Lo que debería ser un trámite simple se ha convertido en un reflejo crudo de cómo operan nuestras instituciones.

El país lleva meses envuelto en un lío administrativo por el contrato de expedición de pasaportes. La historia es enredada, como casi todas: una licitación que no fue, una adjudicación directa que generó alertas, una intervención de la Procuraduría y el Consejo de Estado, y una prórroga técnica que no soluciona, solo prolonga.

Mientras tanto, las oficinas siguen operando, sí, pero bajo un clima de confusión, lentitud e incertidumbre.

Desde la Cancillería se habla de transparencia. Y claro, la transparencia es clave. Pero no se puede invocar mientras todo a su alrededor se improvisa. No basta con decir que se actúa bien cuando lo que se ve desde afuera es desorden, falta de planificación y ausencia de respuestas. La transparencia, si no se traduce en gestión eficiente, se queda en discurso.

Aquí lo que falla no es solo la contratación: es la previsión, es la coordinación, es la capacidad de anticiparse a una crisis que se veía venir. No estamos hablando de un formulario. Estamos hablando de derechos. De oportunidades que se ponen en pausa. De decisiones que se demoran arriba mientras la vida se complica abajo.

Y eso es lo más grave: que el acceso a algo tan básico como un pasaporte —ese documento que representa nuestra posibilidad de movernos, de estudiar, de salir del país— dependa de un enredo institucional que no prioriza a las personas.

Más que un tema logístico, este es otro capítulo de un problema mayor: un Estado que no anticipa, que no se articula, y que muchas veces no responde.


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