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OCDE en Barranquilla: oportunidades reales, promesas a medias

Por: Leonardo Caseres Mejia 

El foro local de la OCDE —o OECD, por sus siglas en inglés— ha sido un espacio enriquecedor para los asistentes. Su impacto positivo no se limita a la ciudad de Barranquilla, sino que proyecta beneficios para todo el país. Colombia y Barranquilla se están consolidando como epicentros para discusiones de trascendencia global, posicionándose en el mapa regional y abriendo las puertas a nuevas oportunidades de inversión y diálogo internacional.

Es importante destacar algunos temas clave que emergieron del foro, no solo como aprendizajes inmediatos, sino como retos aún pendientes de discusión y acción oportuna. Entre ellos se encuentran: biodiverciudad, transparencia, democracia, ciudadanía, economía local, economía azul, seguridad, juventud, empleabilidad, migración, economía del cuidado, protección y conservación ambiental.

Barranquilla, con todos sus avances y contradicciones, ha demostrado voluntad institucional y apertura a escenarios globales. Su transformación urbana, el impulso cultural y la creciente participación de su juventud creativa y comprometida son señales de una ciudad que quiere ponerse a la altura de los desafíos del presente. No obstante, aún hay espacios por fortalecer: la apropiación ciudadana del desarrollo, la pluralidad en el debate público y una mayor democratización del acceso a los beneficios del progreso.

Pero si Barranquilla camina, aunque con tropiezos, el Gobierno Nacional aún promete más de lo que cumple. La narrativa oficial sobre transparencia y escucha activa no resiste una revisión profunda. Hay una tendencia preocupante a restringir la crítica, a cerrar el debate público, y a priorizar la imagen sobre la real solución de problemas estructurales. La democracia no se reduce a foros bien montados ni a discursos de inclusión: requiere coherencia, autocrítica y apertura genuina a las voces diversas del país.

Por mucho que los alfiles del establecimiento lo quieran negar, no podemos hablar de ser una “potencia mundial de la vida”, ni de que Barranquilla está a otro nivel o es para el mundo, si no dejamos los egos atrás y priorizamos lo realmente urgente: una ciudadanía consciente, viva, despierta y participativa.

Como ciudadanos, debemos vigilar de cerca a nuestros políticos, su manejo del Estado y el acceso a la información pública. Es nuestro derecho saber qué hacen con nuestros impuestos y exigir que se trabaje con seriedad por la mitigación de las brechas sociales que nos afectan, especialmente a la juventud. Esa misma juventud por la que —supuestamente— las autoridades locales, regionales y nacionales dicen estar “trabajando” de manera articulada para garantizar su desarrollo, acceso y permanencia en el aparato productivo.

No podemos ser potencia mundial de la vida si seguimos relegando a quienes piensan distinto. Y no basta con eslóganes grandilocuentes si las decisiones estructurales siguen respondiendo a intereses centralistas, desconectados de las realidades locales.

Este foro deja a la ciudad y al país beneficios económicos proporcionales. Y aún más importante, nos recuerda que, como colombianos, seguimos aprendiendo y reinventándonos, a pesar de nuestras diferencias, de la violencia, del narcotráfico y de todos los desafíos cotidianos que enfrentamos día a día.


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