Inicio Opinión ¿Hasta cuándo soportarán los colombianos los delirios del presidente?

¿Hasta cuándo soportarán los colombianos los delirios del presidente?

Por: Esteban Gallardo

La intervención televisada del presidente Gustavo Petro el pasado 15 de julio fue, una vez más, un espectáculo más propio de un púlpito ideológico que de una jefatura de Estado. Durante más de una hora, el mandatario hiló una serie de afirmaciones desconectadas, inconsistentes y, en muchos casos, irresponsables, que exhiben una preocupante distancia entre el poder presidencial y la realidad del país.

Lo más alarmante no fue una afirmación puntual, sino la acumulación de mensajes erráticos, cargados de populismo, ideología trasnochada y desprecio por las instituciones. Afirmar que el Gobierno no le debe dinero a las EPS, cuando hay cifras oficiales que demuestran deudas multimillonarias con el sistema de salud, es una muestra clara del desprecio por los hechos y de una estrategia deliberada para fabricar enemigos que distraigan de la ineficacia gubernamental.

Pero el presidente no se detuvo allí. En su discurso, acusó al presidente de los Estados Unidos de ser un “fascista”, tildó a Alejandro Gaviria de “tonto”, llamó “godos” a miembros de la Procuraduría y se burló de sus críticos con alusiones grotescas. Habló de hipopótamos, de Simón Bolívar, de razas inexistentes, de sindicatos y de una aceleración mágica de la reforma agraria en el Magdalena Medio —todo en una misma intervención—, como si la presidencia fuese una plataforma personal para el delirio.

Más que un jefe de Estado, Petro se comportó como un predicador sin límites, incendiando el debate político con discursos de odio y descalificaciones. Cada intervención pública suya parece diseñada para fracturar aún más a una sociedad que clama por sensatez, resultados y respeto institucional.

No se trata de un estilo comunicativo excéntrico. Se trata de un patrón reiterado de desinformación, agresión y narcisismo político que está erosionando la confianza en las instituciones democráticas. La pregunta, entonces, no es cuánto más aguantará la oposición, sino cuánto más están dispuestos a tolerar los ciudadanos comunes, incluso aquellos que alguna vez creyeron en su promesa de cambio.

Colombia necesita reformas, sí. Pero no reformas envueltas en insultos, fantasías personales ni vendettas ideológicas. Necesita liderazgo, no un monólogo interminable de desvaríos.


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